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**Cuando el destino nos alcance (o: apláquese ahí)**

Con este título -y subtítulo- se cruzan dos condiciones que, con el paso de los años, se vuelven inevitables de mirar.


La primera es una referencia cultural. Cuando el destino nos alcance funciona como metáfora de catástrofe solo para quienes pertenecemos a una generación que aún recuerda esa película y su advertencia.La segunda, quizá más íntima, tiene que ver con una frase que durante nuestros cuarenta repetíamos casi en tono de burla:“ya llegué a la edad en la que antes nunca me pasaba, antes nunca me dolía”.


Hoy, en los sesenta y más, la frase se transforma en otra muy distinta:“cada día me duele algo diferente”.


Es cierto que existen personas que a lo largo de su vida mantuvieron una disciplina corporal estricta: alimentación sana, ejercicio constante, hábitos cuidados. Sin embargo, aun así, la experiencia de la dificultad corporal aparece. El desgaste forma parte del recorrido.


Y aunque la vida -no tengo duda- nos regala mayor sabiduría con los años, el verdadero desafío consiste en mantenernos emocionalmente “arriba” cuando el cuerpo insiste en colocarse abajo. Hablo de esos momentos en los que duelen huesos, músculos, articulaciones, vísceras… y a veces, todo a la vez.


La vida siempre cobra esa factura, simplemente por haber sido vivida.


Frente a esta realidad me pregunté si existía algo, dentro del mundo de las brujas y de la espiritualidad femenina, que pudiera servirnos como sostén. Afortunadamente, la respuesta fue sí.


Para explicarlo, quiero recurrir al mundo de las beguinas: mujeres sabias del medioevo, precursoras -en muchos sentidos- de lo que hoy llamamos sororidad.


Las beguinas fueron maestras espirituales en una época marcada por la represión hacia las mujeres, quienes debían someterse a la tutela masculina bajo amenaza de castigos brutales, incluida la muerte. Un grupo de ellas, que no deseaba vivir bajo ese sometimiento, encontró una solución audaz: mudarse a vivir relativamente juntas, en un mismo sector de la ciudad, manteniendo cada una su propio hogar, pero formando comunidad con sus vecinas.


Estos barrios, llamados beguinatos, tenían una característica fundamental: los varones no tenían acceso. Eran mujeres que elegían vivir en castidad y fuera del control masculino. Sin ser monjas consagradas, permanecían fieles a su fe. El amor a Dios fue su carta de presentación; la caridad y la creatividad, su forma de vida.

Cuando la energía vital comenzaba a menguar, cuando la fuerza corporal ya no era la misma, el amor -a Dios, a las otras, a la vida- se convertía en el sostén que les permitía seguir adelante.

Y es aquí donde surge la propuesta:ante lo irremediable del desgaste corporal, hagamos crecer nuestra entrega al amor.


Amor hacia lo que consideramos sagrado

Recupera la meditación en el sentido profundo de la frase:orar es hablar con Dios; meditar es escucharle.Aprovecha que, con la edad, el sueño suele volverse intermitente. Utiliza alguno de esos despertares nocturnos para escuchar. Hazlo en un espacio distinto a tu altar, un lugar reservado exclusivamente para ese encuentro.


Amor hacia los otros

Elige a dos personas cercanas y comprométete a respetar absoluta y completamente su manera de ser y de vivir. Este compromiso incluye pensamientos, sentimientos y acciones.

Tarea ritualEn tu altar realiza el siguiente ritual como parte de tu compromiso:Elige dos piedras. Déjalas toda la noche en un vaso de cristal con agua hasta la mitad y tres cucharadas de sal de grano (de preferencia, mezcla de sal de siete casas amigas).Al día siguiente, enjuágalas.Toma una piedra entre tus manos y repite tres veces el nombre de la persona con quien trabajarás. Haz lo mismo con la otra piedra.La siguiente noche, deja ambas piedras reposar sobre un lecho de pétalos de rosa.Finalmente, deposítalas en tu altar y ata a cada una siete vueltas de listón rojo, repitiendo:

Yo, (tu nombre), me comprometo a respetar absoluta y totalmente tu persona, como muestra de mi amor hacia el mundo, la vida y los otros.


Amor a la vida

Ponte creativa. Regálate la oportunidad de enfocarte en una actividad que disfrutes. No importa si eres buena o mala en ella; hazla solo por el placer de vivirla. Realízala al menos dos veces por semana.Si la disfrutas, deposita en tu altar una representación de esa actividad como símbolo de agradecimiento.

La fortaleza, la salud y la resistencia suelen darnos la espalda con el paso del tiempo. Son condiciones más propias de la juventud. Por eso, cuando aparecen los malestares de la edad, muchas veces nos encontramos despojadas de recursos internos.


“¿Cómo? Si siempre he sido tan fuerte”, he escuchado decir muchas veces.

Elvira, una mujer de casi setenta años, físicamente vigorosa y con una historia de disciplina deportiva impecable, recibió un diagnóstico de fibromialgia.“Jamás -decía- creí que en mi cuerpo pudiera existir tanto dolor”.


Nunca sabemos cómo será nuestra experiencia física en la adultez avanzada. Lo que sí puedo asegurar es que las dificultades corporales siempre son complejas de vivir en relación con una misma. Cuando el cuerpo comienza a fallar, la opción que nos queda -como a las beguinas- es recurrir a la espiritualidad para continuar el camino.


Margarita, de 76 años, había gozado siempre de una salud inquebrantable. Tras una caída que derivó en una fractura, comenzó un proceso depresivo inesperado. Aunque su cuerpo mejoraba, su ánimo permanecía inmóvil.


La recomendación fue trabajar con el camino de la bruja o camino de poder: un reto de 30 días destinado a recuperar energía vital, atención y sentido. En su caso, el resultado fue el regreso del interés por su propia vida.

Aunque buena parte de mi vida la he vivido sola, considero que con el avance de los años se vuelve fundamental aprender a compartir con pares. Las casas para personas adultas mayores, de tiempo completo o parcial, son una opción valiosa para convivir con quienes comparten ritmo, experiencias y procesos similares.


Cuando el destino nos alcanza, se trata de una realidad para la que necesitamos estar preparadas. Si seguimos con vida, inevitablemente llegaremos ahí.

Que la actitud sea aquella que hemos cultivado durante toda la vida: la sororidad.Aprender a vivir entre mujeres, y si también hay hombres, recibir amorosamente su presencia.Que acompañen, no que sostengan.Que iluminen y adornen nuestro camino, sin dejar de caminar el suyo.

 
 
 

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